Ojalá un gran vestidor

El otro día estaba haciendo zapping cuando apareció la aclamadísima serie Sexo en Nueva York (Sex and the City; Darren Star [creador], HBO, 1998 – 2004). La escena en cuestión transcurría en el piso de una de las protagonistas, no recuerdo si era Carrie o Samantha. El caso es que mi pareja y yo alucinábamos. Qué vestidor más enorme. Y qué ropa tan elegante, fancy decía la mujer que se cambiaba de zapatos una y otra vez, para probar que hiciesen juego. Mi pareja me comentó que había descubierto un mayorista de ropa de mujer al que le apetecía ir para renovar algo el fondo de armario de la tienda de moda que regenta.

Seguimos viendo la serie y sorprendiéndonos con la cantidad de ropa que podía tener aquella mujer de la ficción en el armario vestidor. Yo nunca fui muy fan de la serie, más bien no llegué a verla con asiduidad; en cambio, sí recuerdo que ella fue una gran admiradora de estas cuatro mujeres cuando Canal Plus, la nueva plataforma digital por aquel entonces, la emitía por la noche. Más allá de sus contribuciones a la moda, la serie protagonizada por Sarah Jessica Parker, Kim Cattrall, Kristin Davis y Cynthia Nixon supuso un paso adelante en cuanto a la liberación de la mujer y a su representación en la pantalla. Por primera vez en la historia de la televisión, cuatro mujeres hablaban abiertamente sobre sexo, sobre sus gustos y sobre sus problemas. Con el paso de los años no sabría determinar si aquella ficción pasaría exitosamente el Test de Bechdel (esa prueba que determina la posición de la mujer en una producción audiovisual en base a si dos mujeres comparten conversación y esta va más allá de los hombres), pero lo cierto es que Sexo en Nueva York supuso un paso importante en el establecimiento de una nueva mujer y sus nuevos roles en la producción televisiva internacional.

El caso es que, tras comprobar en qué cadena y a qué hora reponían la serie norteamericana, estuvimos días buscando un hueco para desplazarnos hasta el centro de Madrid y echar un vistazo a las nuevas tendencias de este mayorista de moda de mujer. El establecimiento tenía la posibilidad de hacer el pedido vía web, pero para comprar productos para su tienda prefería acudir directamente y verlo en directo. Así que, a los pocos días, decidimos que íbamos a ir en un rato que los dos teníamos libre. Como ella en ese momento tenía el coche en el taller, la acompañé con el fin de que tardase menos y tuviese algo más de tiempo para mirar. “Así me puedes aconsejar”, bromeaba conmigo, consciente de que para la moda, tanto la femenina como la masculina, yo soy un poco torpe y descuidado.

Al llegar allí me volví a acordar de la serie de HBO: ¡cuánta ropa distinta había! Desde vestidos de manga larga, otros más enfocados a la línea de diseño más cool, algunas camisetas más casual, chaquetas y abrigos, etc. Todo lo que a cualquiera se le ocurriese en relación con la moda de mujer lo podría encontrar en aquellos almacenes. La renovación del vestuario para vender en su tienda era inminente. Varias prendas le habían gustado y lo único que necesitaba era hacer una pequeña estimación para ver cuántas unidades podría colocar en su tienda con cierta garantía de venta. Al final se suele vender todo, si no es en temporada, es en liquidación de stock de fuera de época. Pero tampoco era cuestión de pasarse, menos sin tener un lugar como el de Carrie (creo que sí era ella) para guardar toda la ropa.

Finalmente compramos unos cuantos modelos de cada una y concretamos que, en caso de necesitar algo más, volveríamos alguno de los dos cualquier día. Sería maravilloso tener un  almacén, o un vestidor, o un cuarto probador tan grande que cupiese todo lo que nos gustó en nuestra visita a H. H. G. Mayoristas de Moda. Pero no somos escritores ricos como ella, ni siquiera excesivamente bien situados. Eso sí, si algún lector de esta web se anima, yo le dejo una sala de casa para que nos haga una habitación vestidor como la de la serie.

Deja una respuesta